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No convence

Una oposición de la chicana sueña con el 19 pero le faltan programa e ideas

marzo 8, 2017 12:01 am   l   Deja tus comentarios

En los últimos tiempos hemos visto cómo ha ido recrudeciendo la reacción opositora a casi la totalidad de las iniciativas del gobierno. Con una agenda reaccionaria a la acción gubernamental que timonea un país en crecimiento en medio de la tormenta global que instaló el segundo “crack” del capitalismo, la reiteración de una política de acoso no parece estar aportando a la oposición los réditos esperados.

Francis Comas  

Como acicateados por una obsesión irresistible, a cada aporte o decisión del gobierno responden con descrédito y ataque. De esta manera tratan de generar una agenda que no es propositiva sino puro reflejo: el gobierno hace y la oposición reacciona, descalificando y desgastando a las figuras posibles para una nueva confrontación electoral y procurando crear la idea de que “el gobierno se descalabra” y que “esto ya no puede seguir así”.
Sin  embargo y desde la realidad de las mayorías, las cosas se siguen viendo diferente, más allá de ciertos efectos de una campaña guiada por puros intereses partidarios que no acepta una realidad que en 2019 cumplirá tres lustros: fue decisión del pueblo uruguayo en las urnas llevar al Frente Amplio (FA) al gobierno. Si bien los cuestionamientos reivindican una legítima preocupación por los grandes temas del país, léase economía, educación, seguridad, salud, etcétera, hacen exactamente lo contrario: tratan de demostrar que nada sale bien, que todo falla, las acciones, las personas y los planes. No se discuten los temas en su verdadera dimensión sino que se eligen los fragmentos donde estiman que podrán poner en evidencia errores, fracasos o desaciertos para descalificar. Esta opción parecería incluir la convicción de que acumulando ataques estos erosionarían a la fuerza en el gobierno, instalando en el público las condiciones para la gran conclusión-resumen: ganar las próximas elecciones. Sin embargo, en sus propias filas esta campaña es solo una parte de un desarrollo que aún no se sabe qué decisiones terminarán por darle forma.

Parlamento de sordos
En este camino los intentos se multiplican, se replican, se asemejan. No hay mucha creatividad, sí insistencia y martilleo. Todos los ámbitos al alcance opositor se transforman inexorablemente en escenarios de la campaña, con algunas consecuencias más bien poco interesantes. Si fuera por las diferentes ramas opositoras, la acción legislativa, con promedios altos de aprobación de nuevas leyes cuya calidad va desde las más importantes a las más normales e incluso las que aparentemente revisten poca importancia y que suman varios cientos en cada legislatura, podría suspenderse o reducirse en beneficio de los llamados a comisión, a sala y últimamente, la estrella coronada del repertorio: las interpelaciones.
Cuando se llega a tener una interpelación por día, tal como ocurrió recientemente con el Ministerio del Interior, el de Trabajo y Seguridad Social y el de Salud, hasta Catón el Censor se llamaría a reflexión. No significa esto que en la mayoría de las legislaturas de nuestro Parlamento la actividad fiscalizadora no haya merecido su debida atención. Pero lo que estamos viviendo se asemeja más a una furiosa y ciega andanada interpelante cuya utilidad real a nivel institucional hoy se encuentra en cuestión.
Porque llegada la instancia, cuya duración en los últimos casos se supera sesión a sesión, la posible utilidad realmente no se ve. Y tampoco surge de las actas que el interés real sea por cada tema referido, sino más bien por lo que el miembro interpelante tenga que decir. No importa tanto el resultado sino el proceso mismo, porque de allí serán extrapolables de su contexto dichos, aseveraciones, acusaciones y supuestas demostraciones para uso preferencial en los medios de comunicación y las redes sociales. Se trata, entonces, de un uso desgastante de una muy importante herramienta de la democracia, así transformada en fuente de trascendidos y titulares.
Si bien son bienvenidos todos los mecanismos de control, hay que aclarar qué es fiscalización, qué es pedido de informes, cuál es su función y diferenciarlo nítidamente de prácticas de comunicación pensadas para expandirse hacia fuera del recinto parlamentario, donde ya dejan de  importar los planteos y cobran realidad las frases clave insertas en los discursos interpelantes. Son esas frases-eslogan las que se repetirán luego en los titulares, las entrevistas y los comentarios en los medios, se derramarán a las redes y, se supone, sedimentarán el inconsciente colectivo.
Es parte de una campaña que busca instalar masivamente una imagen de una realidad que no es la que vivimos a diario ni la que muestran los estudios de organismos serios, nacionales e internacionales, sobre la última década y media en la vida del país, sino la de una supuesta “percepción ciudadana” que como en la última interpelación al ministro del Interior fue utilizada como débil argumento para rechazar las cifras oficiales, que muestran el descenso real de los delitos violentos.

Judicializar la política
Y mientras eso pasa a nivel legislativo, también aumentan las acusaciones ante el Poder Judicial, la mayor parte contra personalidades políticas y gestiones de áreas con el fin de desgastarlas o aportar a una creencia determinada contra el acusado. Por lo común se forman colecciones de carpetas con poco contenido sustancial, en realidad muchos recortes de prensa que un día se generaron como noticias y hoy se usan como acusación. Tal vez abonando paso a paso el camino de la judicialización de la política, tal como hemos visto, sin ir más lejos, en los procesos cercanos de Argentina y Brasil.
Nuevamente aclaramos: no queremos decir que no deban utilizarse las legítimas herramientas de la democracia, porque eso la hace mejor, pero habría que cuidarse de usos que en vez de un buscado fortalecimiento, la debilitan.

El amplificador
A pesar de todo, ni un Parlamento transformado en caja de resonancia, ni las acusaciones cursadas ante el Poder Judicial, ni los comentarios de aquí o allá tendrían la presencia que hoy adquieren sin el concurso activo de los grandes medios de comunicación que privilegian y expanden esos contenidos. Recogiendo la agenda opositora como una vertiente más que abulta el rutinario menú mediático.
Y uno de esos medios, sin duda el que más ha publicado contra todo lo que incluya cambio, progreso, democracia con crecimiento y distribución social, el diario El País, se preocupa hoy no sólo por la etapa actual de la actuación opositora sino que aventura tendencias hacia el aún lejano 2019.
En su edición del 5 de septiembre de 2016 ese medio asume editorialmente el tema de la oposición y sus propuestas y sintetiza de esta manera su posición militante por el anhelado triunfo electoral: “Es natural y previsible que el descalabro del gobierno en la opinión pública y el malhumor político general a nivel de la ciudadanía se traduzcan cada vez más en una interrogante sustancial sobre las posibilidades reales de la oposición de ser efectivamente gobierno.”
Y con esta aseveración, no solo se preocupa por la capacidad de la oposición de convertirse en real alternativa de gobierno sino que reafirma dos elementos buscados sistemáticamente por la derecha opositora: imponer en la opinión pública la noción de que el gobierno está descalabrándose y acompañar esta instalación con otra no menos importante para incidir directamente en el estado de ánimo social, como es el “malhumor” en torno a la actividad política en la opinión pública.
El mismo artículo reconoce que aunque “todavía faltan 3 años” para 2019 ya habría dos opiniones que “No siempre coinciden en el diagnóstico ni tampoco en la solución” para resolver la debilidad de influencia real y no mediática de la oposición: “una que confía en la dimensión electoral con intención de mayoría” y otra “que (piensa que) no alcanza con los arreglos electorales que se lleven a cabo, sino que importa también convencer más durablemente a la opinión pública de que el modelo frenteamplista tal como se ha llevado adelante no nos permitirá, en lo más mínimo, alcanzar ese país de primera tantas veces prometido”.
Si bien la segunda caracterización resulta algo críptica, es claro que encierra elementos en los que debería repararse, porque realmente el objetivo de “convencer más durablemente a la opinión pública”, ¿cómo se va a conseguir sin “arreglos electorales”? ¿Con “adelantos” como los que propuso el senador Bordaberry? ¿Con la incentivación de la campaña?
Se ilusiona el editorial: “Todo esto es muy positivo porque muestra que no solamente los partidos de oposición ejercen cierto protagonismo en el Parlamento y en la opinión pública, en particular con denuncias muy graves sobre enormes problemas de gestión del gobierno de izquierda, sino que también son capaces de levantar la mira y darse cuenta de que se precisa un esfuerzo diferente y mayor para el desafío electoral de 2019”.
Y luego de reconocer algunos escenarios y ámbitos de despliegue de la campaña, propone dar, desde ahora, “una sensación clara de ser una real alternativa de gobierno” ya que “la opinión pública molesta y desilusionada con el Frente Amplio, difícilmente esté dispuesta a dar su voto mayoritariamente a la oposición”.
Más allá del acicate, el tema de esa unión de fuerzas que aspiraría a crear “una sensación clara de ser una real alternativa de gobierno” se apoya por ahora en el trabajo de instalar en la población, tal como se pregona desde el primer gobierno del FA sin resultados visibles, las nociones de “debacle” del gobierno y “malhumor” de la opinión pública.

Unión difícil
La oposición ha intentado el camino de la “concertación” en Montevideo, así como una “coordinación electoral” en el resto del país y a distintos niveles institucionales.
Pero la cosa no ha sobrevivido en términos políticos y lo generado al presente es una unidad para la chicana, que parece buscar básicamente saciar una ambición de poder que inquieta, tal como refiere el editorial, a ciertos sectores ansiosos ante el panorama hacia 2019.
Esa unidad opositora, sencillamente no ha ido más allá porque no puede hacerlo, porque para ejercer la unidad hay que practicar la diversidad y eso en general se consigue en torno a aportes y renunciamientos que sólo el FA ha logrado concretar en este país.
Y lo ha hecho en base a una visión de perspectiva común en su diversidad, un sueño que se transformó en programa y un programa que finalmente se hizo apoyo mayoritario por tres elecciones consecutivas para que el gobierno lo concrete en el marco siempre cambiante y exigente de la realidad.
En tiendas opositoras abundan ejemplos históricos que inhiben ese camino: el peso del pasado, los hábitos de funcionamiento y poder interno, los intereses y los liderazgos, la desigualdad de los compromisos, los diferentes niveles entre cúpula y base correligionaria, los intereses puntuales, personales y sectoriales, las carencias, los acuerdos en lo circunstancial, las propias estructuras internas de los partidos, la falta de un programa que transforme el país pensando en la gente, y otros factores relacionados. De allí que se unan sobre lo externo y no en lo interno.
Se unen en el ataque al FA y sus figuras acordando falsear la realidad, generar la idea de la debacle que no se verifica en la vida diaria e insuflar malhumor en la ciudadanía aun al costo de arriesgar la erosión de la credibilidad en los políticos, “esos que no resuelven nada” al decir del presidente estadounidense Donald Trump.

La agenda reaccionaria
La oposición no construye entonces su agenda cotidiana a partir de un programa político sobre un proyecto determinado de país sino que ensaya una construcción reactiva, en este caso a un proceso de cambios reales en curso y con esto consolidó una agenda reaccionaria y restauradora. Ante cada iniciativa gubernamental surge la reacción descalificadora y competitiva, es una agenda en espejo negativo.
El problema de fondo que plantea una política de esta naturaleza es el abismo que se abriría ante esas fuerzas en caso de lograr sus objetivos. Una vez allí, privadas del acicate cotidiano que fue forjando esa agenda, ¿qué harían?
Estamos ante una incógnita, que ahora se aclara en algunos países vecinos, donde los datos actuales y el ejercicio de la memoria responden con claridad meridiana.

Desayuno y desconcierto
Un reciente desayuno de trabajo para la prensa organizado por ADM en el Golf contó con tres expositores liberales o neoliberales de primera línea como Isaac Alfie, Jorge Caumont e Ignacio de Posadas.
El resumen del encuentro fue desconcertante si se lo aprecia desde el pensamiento opositor, bastando un ejemplo para graficarlo. Según Alfie, en Uruguay las cosas están mejor de lo que esperaba: crecieron la industria, las importaciones y las exportaciones, cesó el deterioro del empleo y la temporada turística traerá crecimiento.
Predicciones fallidas
Desde la oposición se afirmó el año pasado que en adelante Uruguay entraría en recesión, la inflación sería de dos dígitos y el dólar treparía a 38 pesos. No hubo recesión, el dólar cerró a 29 y la inflación, en 8,1%. También pronosticaron que el turismo sufriría el impacto de la inestabilidad regional y que caería el salario real. Pero el salario real subió a su valor más alto, las jubilaciones subieron con él y la temporada turística fue la mejor del siglo.
Se habló mucho del viento de cola para decir que el gobierno tuvo suerte y no pensamiento ni acción coherente. Pero la caída de Lehman Brothers fue en 2008, desencadenó la mayor crisis del capitalismo desde el “crack” de 1929 y eso sigue hasta hoy, década durante la que el país siguió creciendo.
Ese período viene siendo el de las políticas nacionales que generaron la tasa histórica más baja de mortalidad infantil, una tasa de desempleo record a la baja también, el mejor salario real promedio del último medio siglo, el incremento de las pasividades durante 12 años consecutivos, el explosivo aumento del turismo, la mayor tasa promedio de inversión en la economía real en un siglo, la mayor diversificación de destinos comerciales para la producción local exportable, la transformación de la matriz energética, la inclusión en salud y educación, la mejor conectividad del continente y una de las mejores del mundo.
Y también presagiaron que los delitos no bajarían sino que crecerían, pero bajaron por primera vez en 2016.

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