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América Latina, el Pentágono y la dominación de espectro completo

Análisis internacional

marzo 16, 2016 2:47 am   l   Deja tus comentarios

Carlos Fazio

Hacia finales de 2015, aún antes de la victoria electoral del macrismo en Argentina y del triunfo de la derecha golpista en los comicios parlamentarios de Venezuela, se había iniciado una discusión sobre los alcances de los procesos de cambio en América Latina tras la llegada, a comienzos de este siglo XXI, de gobiernos de corte progresista —de carácter nacional-popular radical unos, de centro izquierda con inflexión al socialismo otros, social-liberales algunos más— en el marco de la irrupción de grandes movimientos sociales, sindicales, campesinos-indígenas y populares emancipadores, con marcado cariz anticapitalista, antiimperialista, soberanista y contrahegemónico, diferenciados y no exentos de las tensiones y contradicciones, fundamentales y secundarias, derivadas de la propia dinámica de los vertiginosos procesos de cambio emprendidos.

En un clima de euforia de los círculos financieros, políticos conservadores y de las corporaciones mediáticas bajo control monopólico privado ante los triunfos de la “nueva derecha” en Sudamérica, el debate en el campo de las izquierdas se ha dado en torno al llamado “fin del ciclo progresista” y lo que algunos analistas interpretan como un “reflujo” de los procesos de cambio, a lo que se suman los intentos estadunidenses de una “restauración neoconservadora” en el Hemisferio Occidental.

En el contexto de una aguda lucha de clases, en su actual ofensiva brutal y articulada las plutocracias transnacionalizadas, los poderes fácticos y las derechas latinoamericanas apoyadas por Estados Unidos, parecen decididas a terminar con el imaginario geopolítico continental bolivariano y las iniciativas de integración regional alternativa y de cooperación entre los pueblos —cristalizadas en el ALBA y la CELAC—, incluso mediante la violencia, como se ha venido experimentando en los últimos años en Venezuela vía las llamadas guarimbas (la ocupación violenta de calles con disturbios, vandalismo y destrucción de edificios e instituciones) para derrocar al gobierno constitucional de Nicolás Maduro, objetivo reforzado ahora con el proyectado “cambio de régimen” en seis meses de la nueva mayoría parlamentaria opositora; los “golpes suaves”, como el impulsado por sectores oligárquicos ecuatorianos para derrocar al gobierno de la Revolución Ciudadana de Rafael Correa, y los afanes desestabilizadores secesionistas auspiciados por Washington contra el llamado “capitalismo andino-amazónico” impulsado en el Estado plurinacional de Bolivia por Evo Morales y Álvaro García Linera.

Más allá de graves casos de corrupción y de las contradicciones propias de la etapa —derivadas algunas de los modelos productivos y de acumulación de los gobiernos progresistas, que con diferentes intensidades y graduaciones entrelazan capitalismo de Estado, neodesarrollismo y extractivismo de recursos primarios (hidrocarburos, otros minerales, agua), con sus efectos depredadores sobre comunidades campesino-indígenas, trabajadores y ecosistemas—, cabe enfatizar la actual ofensiva del capital transnacional a través de distintas modalidades guerreras.

Desde finales de los años 70 del siglo pasado asistimos a una nueva fase de acumulación capitalista, que remite a la acumulación primitiva u originaria descrita por Carlos Marx en el capítulo 24 de El Capital (basada en la violencia, la depredación, el robo, el fraude), y que a comienzos de esta nueva centuria el geógrafo David Harvey ha denominado “acumulación por desposesión” o despojo,[1] lo que junto con la financiarización y reprimarización de la economía, implica una mercantilización y privatización de áreas, incluidos la tierra y otros recursos geoestratégicos de ámbitos hasta entonces cerrados al mercado, así como la expulsión del campesinado de sus tierras comunales o bajo propiedad ejidal —en beneficio de grandes corporaciones transnacionales—, y su utilización como una mercancía más susceptible de ser desechada (matable, diría Agamben) o como fuerza de trabajo excedente, en algunos casos bajo regímenes de semiesclavitud.

Del nuevo “arreglo espacial” se deriva que la acumulación de capital construye una geografía a la medida de sus necesidades, y que en momentos de crisis sistémica como al que asistimos en la actualidad, el capital desplaza sus contradicciones mediante un proceso de construcción violenta del espacio. Lo que puso en juego nuevas valoraciones y debates sobre los modos de entrelazamiento de nociones tales como violencia y derecho, soberanía y excepción, que a su vez remiten a ideas sobre la normalización del horror y al hecho avizorado de manera temprana por Walter Benjamin,[1] de que el Estado de emergencia no era la excepción sino la regla para los oprimidos.

Con base en la normalización de la excepción, Achille Mbembe propuso una nueva categoría, la necropolítica, que exhibe la lógica de la política capitalista de nuestros días como “administración y trabajo de muerte”.[2] Recuperando la noción de la biopolítica de Foucault, la aportación del filósofo camerunés nos introduce en fenómenos contemporáneos como la instrumentalización generalizada de la existencia humana y la destrucción material de cuerpos y poblaciones humanas juzgados como desechables y superfluos. Así, poblaciones enteras, cuerpos y enemigos son ubicados espacialmente en neocolonias cuya administración se da bajo una lógica de guerra que legitima la expropiación del territorio y la distribución y explotación de sus habitantes, en un mundo que se acaba con el límite de la muerte. Para Mbembe, la colonia representa el lugar donde la soberanía consiste fundamentalmente en el ejercicio de un poder al margen de la ley y donde la paz suele tener el rostro de una guerra sin fin.

En América Latina y el Caribe dichas estrategias forman parte de un renovado plan estadunidense de apropiación de territorios y refuncionalización del espacio, al servicio del gran capital transnacional, que incluye una serie de megaproyectos de infraestructura (redes multimodales de carreteras, puertos, aeropuertos, vías de ferrocarril, canales, cables de fibra óptica, etcétera), que ha sido acompañado de un proceso de reingeniería militar post Panamá.[3]

A través del Plan Colombia y el Plan Puebla Panamá, impulsados por la administración de William Clinton a comienzos del siglo XXI, Estados Unidos desplegó una nueva forma de guerra encubierta y de ocupación neocolonial, que como resumió en 2007 el Observatorio Latinoamericano de Geopolítica, buscaba “transformar el territorio; adecuarlo a las nuevas mercancías, a las nuevas tecnologías y los nuevos negocios. Cuadricularlo, ordenarlo, hacerlo funcional y… productivo”.[4]

La ocupación integral encubierta de países como Colombia y México a través del neoliberalismo de guerra, así como los renovados esfuerzos injerencistas de Washington en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Brasil y Argentina forman parte de una “dominación de espectro completo”, noción diseñada por el Pentágono antes del 11 de septiembre de 2001,1 que abarca una política combinada donde lo militar, lo político, lo económico, lo mediático y lo cultural tienen objetivos comunes y complementarios. A manera de ejemplo, la continuada intentona estadunidense contra Venezuela, vía el golpe de Estado, la desestabilización económica, el desabastecimiento de productos de primera necesidad (entre ellos alimentos y medicinas), la generación del caos y una violencia fratricida, el magnicidio, el secesionismo, el paramilitarismo, el mercenarismo y el terrorismo mediático, forma parte de dicha “dominación de espectro completo”.
Dado que el espectro es geográfico, espacial, social y cultural, para imponer la dominación se necesita manufacturar el consentimiento. Esto es, colocar en la sociedad sentidos “comunes”, que de tanto repetirse se incorporan al imaginario colectivo e introducen, como única, la visión del mundo del poder hegemónico. Eso implica la formación y manipulación de una “opinión pública” legitimadora del modelo. Ergo, masas conformistas que acepten de manera acrítica y pasiva a la autoridad y la jerarquía social, para el mantenimiento y la reproducción del orden establecido.
Junto con los instrumentos del marketing con sus globitos y pasitos de baile, para la fabricación del consenso resultan clave las imágenes y la narrativa de los medios de difusión masiva, con sus mitos, medias verdades, mentiras y falsedades. Apelando a la sicología y otras herramientas, a través de los medios se construye la imagen del poder (con su lógica de aplastamiento de las cosmovisiones, la memoria histórica y las utopías), y se imponen a la sociedad la cultura del miedo y la delación. O de otra manera, la fabricación social del miedo, que incluye la manufacturización de enemigos internos. Verbigracia, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Evo Morales, Cristina Fernández y el kirchnerismo, Dilma Roussef, Rafael Correa o Andrés Manuel López Obrador y el EZLN en México.

[1] Ver Walter Benjamin, Tesis sobre el concepto de historia.

[2] Achille Mbembe, Necropolítica, Melusina, 2011.

[3] Durante la segunda mitad del siglo XX y hasta el 31 de diciembre de 1999, Estados Unidos llevó a cabo el alineamiento y control ideológico y militar de los países de América Latina y el Caribe, a excepción de Cuba tras el triunfo de la revolución, principalmente desde una serie de bases castrenses desplegadas en la denominada “zona del canal”, en Panamá, asiento del Comando Sur del Pentágono.

[4] Ana Esther Ceceña, Paula Aguilar y Carlos Motto, Territorialidad de la dominación. Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA). Buenos Aires, 2007.


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